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LA LIBERTAD COMO AUTODETERMINACIÓN – Fr. Lorenzo Ato

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Dios nos ha creado para vivir en libertad. Dios respeta tanto nuestra libertad individual (libre albedrío) que ha preferido dejarle al hombre la posibilidad de rechazar al mismo Dios. La libertad no es solamente un don, sino también una conquista humana, a nivel individual como social. La libertad no es la simple ausencia de coacción, supone la capacidad de autodeterminación, “determinarse por sí mismo”; ser libre, como dice el filósofo Xavier Xubiri, es una forma finita de ser “como dioses”. La libertad es ser dueño de sí mismo, aunque de modo relativo, pues dueño de sí mismo, de modo absoluto, es sólo Dios. La libertad, por otra parte, es un presupuesto del obrar moral del hombre. No tendrían sentido las mismas normas éticas si el hombre no fuera libre.

Santo Tomás nos dice que si el hombre no tuviese libre albedrío entonces no tendrían sentido los consejos y exhortaciones, los preceptos y las prohibiciones, los castigos y recompensas. El libre albedrío puede usarse para el bien o para el mal.

San Agustín entiende el libre albedrío como “la facultad de la razón y de la voluntad por medio de la cual es elegido el bien, mediante auxilio de la gracia, y el mal, por la ausencia de ella (De libero arbitrio, 1). Kant sostenía que, desde el punto de vista de la razón pura, no se puede demostrar ni negar la libertad; pero en la Crítica de la Razón Práctica demuestra que la libertad es un postulado de la moral, una condición de la moralidad; y, puesto que estamos obligados a vivir moralmente, estamos obligados a creer en la libertad. La libertad, señala Kant, es la ratio essendi de la ley moral, mientras que la ley moral es la ratio cognoscendi de la libertad. Muchos psicólogos y filósofos, sobre todo de tendencia materialista, han negado la libertad, afirmando que el hombre se hace la ilusión de ser libre, cuando en realidad sus actos son el resultado de mecanismos de diversa índole. Los defensores del psicoanálisis sostienen la idea general de que la vida psíquica pueda ser reducida a leyes; nuestra conducta estaría gobernada por instintos, especialmente por la libido.

El comportamiento humano, según el conductismo, sería fundamentalmente una respuesta a reflejos condicionados. Las conclusiones a que se llega en el determinismo psicológico son falsas. Los instintos, por poderosos que sean, no anulan la libertad humana, sino que, en todo caso, la modulan y ciertos casos patológicos la deforman. Hay que hacer notar que el hombre va, en cierto modo, naturalizando su libertad. El mismo carácter y los hábitos se van formando, de algún modo, libremente. Algunos sociólogos han llegado a sostener que la presión social determina todos los actos de los individuos. Se recalca la presión constante del medio (sobre todo por acción de la educación, la propaganda, etc.).

La conducta social, se dice, sería predecible, pues obedece a leyes; esa conducta se ve reflejada en las estadísticas, por ejemplo estadísticas de crímenes, suicidios, etc., en un determinado grupo social. Al respecto decimos que las estadísticas jamás pueden dar cuenta de la libertad personal, no se puede predecir los actos libres de ninguna persona en concreto. La libertad, o mejor dicho, nuestros actos libres no se ejecutan en el vacío, sino contando con nuestras tendencias, las cuales no necesariamente constituyen una amenaza a la libertad, sino que más bien la posibilitan.

San Pablo pone en evidencia esa lucha interior entre las tendencias que le arrastran al mal y su deseo sincero de obrar el bien. Al apóstol nos dice: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”(Rm 7, 15). Comprende que lo que lo lleva a hacer el mal es el pecado que obra en él: “En realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí” (Rm 7, 17). El hombre, dice X. Zubiri (Cf., Sobre el sentimiento y la volición), es llevado a la situación de libertad por las propias tendencias inferiores. “Si el hombre no tuviese tendencias, no tendría posibilidad ninguna de ser efectivamente libre”. Las tendencias tienen el carácter de ser inconclusas, es decir, por sí mismas no pueden dar al hombre una respuesta adecuada para enfrentarse con la realidad. Si el libre juego de las tendencias hiciera viable la existencia humana, el hombre no necesitaría ser libre. La inconclusión de las tendencias lleva al hombre a tener que intervenir. Ninguna de las tendencias puede tener vigencia más que previa aceptación mía. Las tendencias, pues, no son una especie de desgracia que le ocurre al hombre limitando su libertad; “no constituyen una especie de periferia que amenaza a la libertad, sino justamente al revés, su primera condición intrínseca de posibilidad”. El hombre, según X. Zubiri, no nace con un ‘orden’ sino con un ‘desorden’ constitutivo de tendencias.

La psicología profunda nos permite descubrir que en algunos individuos la libertad está deformada por la deformación de sus tendencias. “La deformación tendencial deforma intrínsecamente a la volición y a la libertad”. La libertad, en este caso, no queda anulada, pero sí “está intrínsecamente deformada y viciada”. No todas las personas tienen la misma capacidad de ser libres. La libertad, por otra parte, no cae en el vacío, sino que también se funda en nuestros anteriores actos libres y está siempre comprometida consigo misma. El hombre puede adquirir, por repetición de actos, ciertos hábitos que favorecerán un mejor uso de la libertad en su debido momento.

La libertad no es solamente algo que se tiene o no se tiene en menor o mayor medida, sino también algo que se va haciendo o deshaciendo, es decir: ejecutando actos libres afianzamos nuestra libertad, estamos en mejores condiciones de ejercer la libertad. La libertad, como dice X. Zubiri, en cierto modo se va naturalizando en nosotros, nuestro horizonte de libertad puede irse ampliando o reduciendo, “hay personas que a lo largo de su vida van comprometiendo su libertad, hasta anularla, o por lo menos hasta fijarla donde nunca hubieron querido llegar”. La desgracia de alguien es acostumbrarse a no ser libre, a ya no querer ser libre. La persona que se va acostumbrando a no ejercer su libertad, puede terminar por habituarse, y cuando llegue el momento de tomar decisiones libres, no poder hacerlo.

Tenemos que habituarnos a tomar iniciativas, las de cada día, del mañana y así estar ejercitados en la libertad, para que ésta amplíe sus horizontes y perfil de nuestras vidas, de nuestras comunidades cristianas y del mundo, que nos toca vivir, del regalo de la vida, llena de libertad responsable,  que Dios nos da.