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LA HUMILDAD COMO VERDAD – Fr. Lorenzo Ato

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Humildad es andar en la verdad” (Santa Teresa de Ávila)

La humildad, que se opone a la soberbia, no parece ser una virtud muy común, sobre todo en las personas llamadas ‘importantes’, los que poseen algún tipo de poder político, económico o intelectual; son éstos, precisamente, los más tentados por la soberbia. Sin humildad no se puede agradar a Dios, sin humildad no hay vida de oración, no hay santidad. El Libro del Eclesiástico nos exhorta a cultivar esa virtud: “En tus asuntos procede con humildad…Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Eclo 3, 19-21).

No olvidemos lo que dice el Cántico de la Virgen, el Magnificat, en el evangelio de San Lucas: “Dios dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide con las manos vacías” (Lc 2, 51-53). En el evangelio de San Mateo, Jesús también se hace eco de lo dicho en el libro del Eclesiástico: “Te alabo Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a la gente sencilla” (Mt 11, 25). Y culmina con aquella exhortación: “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 25). Jesús es el más preclaro ejemplo de humildad. Dios se complace en los pobres y sencillos, y prefiere revelar a ellos sus misterios, no a los que se consideran a sí mismos como sabios o prudentes.

Jesús nos enseña a actuar con humildad en nuestras acciones. No buscar la vanagloria, los altos puestos por afán de figuración, los cargos importantes para aprovecharnos de ellos en contra de los demás, hacer favores sólo a quien podemos sacar provecho, etc. “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”(Lc 14, 11). No se trata de humillarse en el sentido de despreciarse a sí mismo. La humildad, como bien decía Santa Teresa, es andar en la verdad, es tomar conciencia de lo que realmente somos: con vicios y virtudes, con bondades y maldades.

Sin humildad no puede brotar ninguna actitud de oración de súplica. Hay gente que se dirige a Dios con aquella misma actitud del fariseo, de quien nos habla el evangelio de Lucas (Cf., Lc 18, 9-14), da gracias a Dios “por no ser como los demás”, “por las buenas obras que ha hecho y merecen reconocimiento de Dios”. En cambio la auténtica actitud de oración fue la del publicano, quien era conciente que no tenía nada de qué vanagloriarse y se limitó a reconocer sinceramente sus pecados delante de Dios invocando misericordia. La oración de súplica, como hemos dicho en otro artículo, no es sólo testimonio de fe, sino también un acto de humildad en el cual reconocemos nuestra condición humana, la necesidad de la ayuda de Dios como pura gratuidad y no como algo merecido. Santa Teresa de Ávila nos dice que “el cimiento de la oración va fundado en la humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios.”

A muchas personas les gustan demasiado los reconocimientos oficiales, que les alaben por sus obras. ¿A quién le gusta permanecer en el anonimato? en el fondo está la vanidad, la soberbia del hombre. El afán de figurar, de ser reconocido por los demás, de sentirse más importante que los demás. Y para lograrlo muchas veces se pisotea los derechos del otro, se asumen posturas intransigentes contra los que no piensan igual, no se está dispuesto a escuchar, se cree poseedor de toda la verdad, sin posibilidad de réplica. Se busca los primeros puestos, muchas veces por intereses personales mezquinos, sin afán de servicio. Jesús nos dice: “aprendan de mí que soy humilde”; Él, siendo de condición divina, como nos dice la carta a los filipenses, no tuvo a menos rebajarse a la condición de esclavo y morir por nosotros en una cruz, por eso Dios lo enalteció, porque antes se había rebajado (Cf. Flp 2, 11ss).

Humildad es ser sinceros con nosotros mismos. Es reconocer que no lo podemos todo, reconocer que no poseemos la exclusividad de la verdad, aceptar que la verdad también puede estar en el otro lado, en los que no piensan como nosotros; hay que tener, por tanto, una actitud de escucha, erradicando toda soberbia del corazón. El soberbio es el que se autoengaña: se cree que lo sabe todo, que lo puede todo, por eso menosprecia al otro, al que no ha tenido las mismas oportunidades de superación, al que no está en su misma situación económica o de poder.

Entre poder y soberbia existe una estrecha relación. Es difícil que quien detenta el poder no caiga en la soberbia y la intransigencia. El poder puede corromper hasta al hombre más virtuoso si no se ejercita suficientemente en la humildad. Y como dice un antiguo adagio “la corrupción del mejor es la peor”. Nosotros podríamos parafrasearlo diciendo: “la corrupción de los que tienen las mayores responsabilidades en la sociedad es la peor de las corrupciones”. Por ello, las corrupciones que más escandalizan a la gente son aquellas que vienen de los gobernantes y sus altos funcionarios en la administración pública, y de quienes ejercen una posición de liderazgo (también religioso). Podríamos decir que la soberbia que hace más daño a la sociedad es la soberbia de sus autoridades o líderes. Cuanto más altos cargos se ejerce más humilde se tiene que ser. Cuanto más se sabe más humilde se debe ser. El hombre más sabio, si es verdaderamente sabio, es el más humilde.

Después del periodo vacacional, concluyendo el verano, retornamos a nuestros trabajos, a nuestras labores habituales, al reencuentro con nuestros compañeros y amigos. Septiembre es también el retorno a la escuela, reencuentro con los compañeros de aula. Que ese encuentro con los otros sea también un espacio para el encuentro con Jesús, siendo como él “mansos y humildes de corazón”.