Jul
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MARÍA, DISCÍPULA Y MISIONERA – Fr. Lorenzo Ato

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La devoción mariana se manifiesta a través de múltiples advocaciones a lo largo del año litúrgico y en la devoción popular. El 16 de julio la Iglesia honra a la Virgen Santísima bajo la advocación de “Nuestra Señora del Carmen” o sencillamente “Virgen del Carmen”, representada en una bella imagen de la Virgen con el Niño Jesús y el escapulario. El nombre está relacionado con el Monte Carmelo, una montaña localizada en el actual Israel, allí una orden religiosa de vida contemplativa, en el siglo XII, llamada Hermanos de Santa María del Monte Carmelo, se puso bajo el patrocinio de la Virgen María, construyéndole un templo en la cumbre de la montaña sagrada. El Monte Carmelo es de una larga tradición religiosa, en dicho monte muchos profetas del Antiguo Testamento rindieron culto a Dios, principalmente Elías y Eliseo. Durante siglos muchos cristianos practicaron la vida eremítica en las cuevas de esa montaña sagrada.

En el siglo XIII la orden religiosa llegó a Europa y desde allí expandieron la devoción de la “Virgen del Carmen” al mundo entero. La tradición relata que el 16 de julio de 1251, la Virgen María se apareció al superior general de la orden religiosa, San Simón Stock, entregándole el hábito que sería el distintivo de la orden, juntamente con el escapulario, a partir de entonces nace la imagen de la advocación de Nuestra Señora del Carmen: la Virgen Santísima con el Niño Jesús en brazos sosteniendo el escapulario.Actualmente varias órdenes carmelitas la tienen como advocación privilegiada. La devoción a la Virgen del Carmen, que posee una larga tradición, tiene bastante arraigo en países europeos como España, allí es la patrona del mar y de la Armada Española; también algunos países latinoamericanos, como Chile y Bolivia, la tienen como su patrona.

La devoción a la Virgen Santísima, en su diversas advocaciones, debe siempre tener en cuenta las enseñanzas de la Iglesia en torno al culto mariano. Al hablar de María, al referirnos a su singular dignidad, debemos siempre tener presente la exhortación hecha por los padres conciliares a los teólogos y predicadores de la palabra: “abstenerse con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma” (LG, 67). Así mismo, debemos tener presente que “la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG, 67). Así, pues, nuestra devoción a la Virgen Santísima nos tiene que llevar a un compromiso con la práctica de las virtudes que adornaron a nuestra madre del cielo, y no quedarnos simplemente en el sentimentalismo “estéril y transitorio”.

El Concilio Vaticano II ha señalado con toda claridad los aspectos doctrinales fundamentales referidos al rol de María en el plan de salvación, el lugar que le corresponde en la Iglesia, la naturaleza de su culto y nuestros deberes para con nuestra madre del cielo. María, “después de Cristo, ocupa en la Santísima Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros” (LG, 54). Los obispos en Puebla precisan que María, no sólo es Madre de Dios, madre de Cristo Redentor, sino que también es madre y modelo de la Iglesia, madre y modelo del creyente. “Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre a la palabra y se deja penetrar por su dinamismo” (DP, 296). Los obispos en Aparecida también señalan que “María con su fe llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo y también se hace colaboradora en el renacimiento espiritual de los discípulos” (DA, 266). María es signo y artífice de la comunión en la Iglesia, “Ella atrae multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como experimentamos a menudo en los santuarios marianos.”(DA, 268). La Iglesia, está también llamada a ser madre y maestra para los creyentes. Esa visión mariana de la Iglesia, señalan los obispos en Aparecida, se constituye en el mejor “remedio para una Iglesia meramente funcional o burocrática” (DA, 268).

La devoción mariana está fuertemente arraigada en el pueblo, no se puede hablar de Catolicismo Popular sin devoción a la Virgen. De hecho, como bien señalaba el Papa Pablo VI en la Exhortación Marialis Cultus, “No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María”(MC, 28). La devoción a la Virgen se constituye en un signo de identidad católica. El Pueblo, como señalan los obispos en Puebla, encuentra a María en la Iglesia Católica. “La piedad mariana ha sido, a menudo, el vínculo resistente que ha mantenido fieles a la Iglesia sectores que carecían de atención pastoral adecuada” (DP, 284). El arraigado culto a la Virgen ha sido, muchas veces, una barrera infranqueable para el avance proselitista de las sectas. En el Catolicismo Popular, la Virgen ocupa su verdadero lugar, después de Cristo, por encima de la devoción a los santos. Son numerosísimas las advocaciones de la Virgen Santísima, entre ellas la de la “Virgen del Carmen”, todas son expresión de la riqueza cultural presente en el Catolicismo Popular. Los cristianos sencillos se dirigen a María no como a un ser lejano sino como la madre cercana que siempre está dispuesta a escucharlos y atenderlos en sus más diversas necesidades. Los obispos en Aparecida constatan que “las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sientes por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana.”(DA, 269).

María, como señalan los obispos en Aparecida, no sólo es la perfecta discípula, la seguidora más radical de Cristo, sino que tuvo también un rol decisivo en la acción misionera de la Iglesia. Perseveró, junto con la Apóstoles, a la espera del Espíritu (Cf., Hch 1, 13ss), “cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente.”(DA, 267). María enriquece y seguirá enriqueciendo esa dimensión materna de la Iglesia (Cf., DA, 272). “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros.”(DA, 269). María, pues, es nuestra inspiración para ser verdaderos discípulos de Jesús y verdaderos misioneros.

Finalmente, todos los creyentes debemos acoger la exhortación del Santo Padre en Aparecida: “Permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren guardar dentro del corazón la luces que ella, por mandato divino, les envía de lo alto.” (Discurso del Papa Benedicto XVI en el Santuario de Aparecida, el 12 de mayo de 2007/ DA, 270). Expresemos nuestro amor a la Virgen Santísima, bajo la advocación de la “Virgen del Carmen”,  acogiendo su llamado a ser seguidores fieles de su Hijo Jesucristo, en la escucha atenta de su palabra y en el compromiso cristiano de cada día.