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“VER PARA CREER, CREER PARA VER” Fr. Lorenzo Ato

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Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29)

¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “ver para creer”? Esa frase es la expresión clara de nuestra desconfianza en la sola palabra, más aún cuando la palabra está desacreditada. La gente está hastiada de discursos y falsas promesas; hay, pues, mucho escepticismo respecto a las palabras. Se aplica perfectamente ese dicho “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”. La palabra cobra su valor y credibilidad si está acompañada de obras que la refrendan.

En la acción evangelizadora es imprescindible la predicación, pero ésta suena vacía si no se acompaña de obras. En los evangelios se nos presenta a Jesús que evangeliza con hechos y palabras. Son sus obras las que dan testimonio de Él, que ha venido del Padre, y por ello su palabra es confiable (Cf., Jn 14, 10). Las palabras y promesas de los hombres pueden fallar, en cambio Dios es fiel a sus promesas y su palabra nunca falla. Jesús nos dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”(Mt 24, 35).

El día 3 de julio se celebra la fiesta de Santo Tomás Apóstol, aquél que ha pasado a la historia como “el incrédulo”; sin embargo, tal calificativo no le hace justicia. Tal como nos lo presenta el evangelio, Tomás resulta siendo, en realidad, el primer creyente entre los apóstoles, en el sentido de que creyó más de lo que vio. No vio la divinidad de Jesús y sin embargo lo reconoció como Dios: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

Muy poco sabemos acerca de la vida del Apóstol Tomás. Los evangelios sinópticos nos refieren que Tomás, llamado el Dídimo (el Gemelo) era uno de los doce apóstoles (Cf., Mt, 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15). El evangelista San Juan lo menciona en la escena de uno de los discursos de despedida de Jesús (Cf., Jn 14), es quien le pregunta a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14, 5). En la escena de la resurrección de Lázaro es Tomás quien dice a los otros discípulos “vamos también nosotros y muramos con él” (Jn 11, 16). Es en el relato de la aparición de Jesús resucitado donde Tomás cobra su verdadero protagonismo (Cf., Jn 20, 19-28).  El libro de los Hechos menciona a Tomás entre los apóstoles que, después de la ascensión del Señor, perseveran fervientemente en la oración a la espera del Espíritu Santo, junto con María, la madre de Jesús y otros discípulos (Cf., Hech 1, 12-14).

¿Era Tomás realmente un incrédulo? El evangelio de San Juan nos relata esa escena crucial del encuentro de Tomás con el Resucitado. Nos dice que Tomás no estaba aquella tarde del primer día de la semana (después del viernes santo), cuando Jesús se apareció a sus discípulos. Cuando éstos le contaron que habían visto a Jesús, Tomás no les creyó, sino que dijo: “si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no meto mis dedos en la herida de su costado, no creeré” (Jn 20, 25), en otras palabras les dijo: “ver para creer”.

¿Tenía razones Tomás para asumir esa actitud de incredulidad ante la palabra de su compañeros? Probablemente sí. Quizá no pudo leer en el rostro de sus compañeros la verdadera alegría que supone el encuentro con Jesús, quizá tampoco vio en sus actitudes el cambio radical que supondría encontrarse con el Resucitado, es decir: el testimonio que le dieron sus compañeros resultaba insuficiente como para creer en una noticia de tamaña trascendencia. A cualquiera de nosotros puede pasarle exactamente lo mismo. Cuando alguien nos dice “he tenido un encuentro con el Señor”; pero, por otra parte, no vemos en la persona que nos da ese anuncio un verdadero cambio de vida, una verdadera renovación, entonces ¿Por qué tendríamos que creerle? Nuestra fe en Jesús resucitado tiene que evidenciarse en nuestra vida, sólo así se hace creíble nuestro testimonio. Muchos fieles sufren una crisis de fe porque sus pastores, sus catequistas, agentes pastorales, no les transmiten un verdadero testimonio de vida. En ese sentido nos pueden reprochar: “si no veo cambio en tu vida no te creo lo que me dices de Jesús”.

El evangelio de Juan nos relata que, ocho días después, Jesús volvió a aparecerse a sus discípulos, y esta vez Tomás sí estaba presente. Jesús habría reprochado la actitud de Tomás diciéndole: “No seas incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27); pero, más importante es destacar la respuesta de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28), pues se evidencia allí que es Tomás el primero de todos los Apóstoles que reconoce la divinidad de Jesús. Hasta entonces todos han pensado que Jesús es el Mesías, el elegido de Dios, pero no habían llegado a entender que era el mismo Dios en medio de los hombres. Nadie puede ver la divinidad. Tomás, al igual que los otros apóstoles contemplan a Jesús en su humanidad, aunque fuese ya la humanidad glorificada, pero no la divinidad en cuanto tal. En ese sentido Tomás, a diferencia de sus compañeros, creyó en mucho más de lo que vio. Al respecto dice San Gregorio Magno: Lo que creyó Tomás superaba lo que vio. “En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad; por eso, lo que Tomás vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir ¡Señor mío y Dios mío!” (San Gregorio Magno: Homilía 26, en PL 76, 1201-1202).  San Gregorio Magno nos dice que más provechoso ha sido para nosotros la “incredulidad” de Tomás que la fe de los otros discípulos, puesto que al haber dudado y palpado la realidad de Jesús resucitado se nos aclaran las dudas y se confirma nuestra fe en la resurrección.

Tomás es un verdadero testigo de la resurrección. Podemos decir que, porque creyó, pudo realmente ver más allá de sus propios ojos. En efecto, más que “ver para creer” lo que debemos hacer es “Creer para ver”. Sólo al cree firmemente en la palabra de Dios se le revela la verdadera realidad, aquella que permanece oculta a los ojos humanos. Sólo desde la fe podemos descubrir el verdadero sentido de las cosas y los acontecimientos, más aún cuando éstos se nos aparecen como incomprensibles a la razón humana.

Hemos entrado a un nuevo periodo estacional, el verano. Las vacaciones, obviamente, no suponen un descanso en nuestra vida espiritual sino todo lo contrario: son una ocasión para dar testimonio de nuestra fe a las personas con quienes interactuemos, de modo que los otros puedan evidenciar que realmente vivimos la fe, que “no somos incrédulos sino creyentes”.