PENTECOSTÉS: PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO – Fr. Lorenzo Ato
Home > Pastor's Blog > PENTECOSTÉS: PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO – Fr. Lorenzo AtoPentecostés significó el comienzo de la acción misionera de la Iglesia. Los discípulos recibieron la fuerza del Espíritu para poder cumplir con la tarea evangelizadora encomendada por Jesús. Jesús había dicho también a sus apóstoles: no les dejaré solos sino que les enviaré a un defensor, a un consolador, el Espíritu Santo. El cumplimiento de esa promesa se realizó el día de Pentecostés, tal como relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf., Hec 2, 1-11). Con la Solemnidad de Pentecostés (cincuenta días después de la Resurrección del Señor) se concluye el tiempo pascual.
Todos nosotros necesitamos de imágenes para comprender ciertas realidades que son difíciles de explicar con conceptos, razonamientos. No es posible una religión sin imágenes y símbolos. La Biblia nos presenta muchas imágenes del Espíritu Santo: el agua, por ejemplo. Jesús le decía a la Samaritana, junto al pozo de Jacob: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás” (Jn 4, 13-14). En otro de sus discursos dijo Jesús: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí, como dice la Escritura, de su fuente correrán ríos de agua viva”; y el evangelista San Juan comenta: “Esto lo decía refiriéndose al Espíritu Santo que iban a recibir los que creyeran en El” (Jn 7, 39).
Otra de las imágenes que en la Biblia se refieren al Espíritu Santo es; la nube, la luz, la columna de fuego, la paloma. En el Bautismo de Jesús en el Jordán, el Espíritu Santo descendió sobre El en forma de paloma (Cf., Mt 3, 16). El libro de los Hechos nos relata el acontecimiento de Pentecostés con una serie de imágenes: viento fuerte, lenguas de fuego. Todos ellas no son más que imágenes para hablarnos de esa realidad del Espíritu Santo.
El catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “creer en el Espíritu Santo es profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad” (CIC, 685). “El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de salvación y hasta su consumación” (CIC, 686). El Espíritu Santo no es, pues algo sino alguien, es decir, es una Persona, y así nos lo presenta el libro de los Hechos: el Espíritu Santo habla a los apóstoles, les sugiere, les manda, etc., actúa como una persona porque es una persona. Para entrar en contacto con Cristo, nos dice el catecismo, “es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe” (CIC, 683).
El Espíritu Santo es Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, por tanto: El actúa desde toda la eternidad, está presente desde siempre. En la historia de la Salvación vemos su actuación desde la misma creación. En el Nuevo Testamento su actuación se hace mucho más clara: Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo; en su bautismo el Espíritu Santo descendió sobre Él. Resucitó por obra del Espíritu Santo (Cf., Rm 8, 10). Jesús comunicó el Espíritu Santo a sus Apóstoles para enviarlos, como leemos en el evangelio: “Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). El Espíritu Santo está unido también al perdón de los pecados. El Espíritu Santo actúa en la Iglesia animándola; es el alma de la Iglesia. La Iglesia no podría subsistir si le faltase la presencia y ayuda del Espíritu Santo. Toda la acción misionera de la Iglesia es una obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo inspiró a quienes escribieron la Biblia; el Espíritu Santo anima a todos los creyentes poniéndonos en comunión con Cristo.
Todos nosotros hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro Bautismo. La Confirmación es una nueva fuerza del Espíritu que se nos da. En todos los sacramentos está presente la acción del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos mueve a la oración e intercede por nosotros. El Espíritu Santo nos otorga todos los carismas y ministerios al servicio de la Iglesia; El Espíritu Santo transforma a las personas que no se resisten a su acción; por eso San Pablo nos exhorta: déjense conducir por el Espíritu Santo. Son, pues, innumerables las formas como el Espíritu Santo actúa en la Iglesia, en cada uno de nosotros. Toda obra buena que realizamos es, en realidad, la respuesta a una acción del Espíritu Santo en nosotros.
Si creemos que el Espíritu Santo es Dios, debemos entonces tributarle el honor y la gloria que le corresponde a Dios. La devoción al Espíritu Santo tiene que ser una devoción obligatoria, necesaria para nosotros. En nuestra vida de fe, de oración, el Espíritu Santo tiene que ocupar un lugar privilegiado, por encima de cualquier santo de nuestra devoción; porque Dios, obviamente, es más importante que cualquier santo. Por ello resulta extraño que siendo el Espíritu Santo tan importante en nuestra vida, estando tan presente cada día de nuestra vida, no hayamos tomado la suficiente conciencia de eso. No podemos excusarnos diciendo que no sabemos dónde encontrar al Espíritu Santo, pues Él está más cerca de lo que nosotros nos imaginamos y se nos manifiesta constantemente con su presencia santificadora.
Si logramos decir una oración sincera es porque el Espíritu Santo nos la pone en nuestro corazón. Si somos capaces de romper el egoísmo y acudir en ayuda desinteresada del necesitado es porque el Espíritu Santo nos mueve a hacerlo. Si tenemos la fuerza para perdonar y olvidar las ofensas es porque el Espíritu Santo nos da esa fuerza. Si somos capaces de arrepentirnos, doliéndonos de nuestros pecados, es porque el Espíritu Santo nos mueve a la conversión.
Dice Jesús que hay un pecado que no se perdonará: el pecado contra el Espíritu Santo. Este pecado consistiría, justamente, en rechazar al Espíritu Santo, en ignorarlo, en no dejarnos conducir por él; en cerrarse en el egoísmo, ser incapaz de pedir perdón y de perdonar. Nadie se arrepiente si no es movido por el Espíritu Santo. Recojamos aquella exhortación del Apóstol Pablo en la carta a los Gálatas: Anden según el Espíritu. “Si tenemos la vida del Espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu” (Gál. 5, 25).






