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LA PERSONA COMO PERSONALIDAD – Fr. Lorenzo Ato

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Cada ser humano se expresa y se manifiesta a través de su persona. A la persona se le va conociendo por la expresión de sus actos libres a la cual le llamamos personalidad.

Como hemos señalado en un artículo anterior, el concepto de persona humana debe ser enfocado desde dos dimensiones, estrechamente relacionadas entre sí: la dimensión constitutiva (persona se es) y la dimensión operativa (la persona se va haciendo a través de sus actos). Siguiendo al filósofo Xabier Zubiri Apalátegui (X. Zubiri), hablaremos aquí de esa segunda dimensión, la personalidad, la misma que se funda en la primera. El punto de partida es ser persona constitutivamente, como consecuencia de ser una realidad humana. Sólo fundados en ello podemos hablar de personalidad, precisando que no nos referimos a algo psicológico sino a una dimensión estrictamente metafísica de la persona (Cf., Castillo S. Javier: La persona en Xavier Zubiri. Personeidad y personalidad).

Entendemos la personalidad como la configuración de mi Yo, la figura concreta que mi Yo va adquiriendo en virtud de la ejecución de unos actos por apropiación de posibilidades. Él Yo es ese ser de la persona, el cual reactualiza mi propia realidad. Él Yo (en el sentido de personalidad) es algo que se va haciendo a lo largo de la vida; Soy un Yo que se desarrolla, es un Yo que se enriquece o se empobrece, pero que no permanece lo mismo, aún siendo el mismo Yo; De ahí que no sea lo mismo él Yo de la infancia que él Yo de una persona madura (Cf., X. Zubiri: El Problema Teologal del Hombre)

El hombre hace su personalidad no aisladamente sino contando con los demás, en la convivencia; es la dimensión social del Yo. Los otros me afectan, dice Zubiri, en una dimensión más radical que las cosas físicas. Lo que soy, en gran medida, es lo que otros han hecho en mí, lo que otros han querido que sea. Quiéralo o no, los otros se han metido en mi vida, han plasmado en cierto modo la impronta de su ser, me han hecho ‘semejante’ a ellos (Cf., X. Zubiri: Sobre el Hombre). En el dinamismo de la convivencia, los otros me van ‘haciendo’ a su modo, según su ‘figura’ y sus propios condicionamientos. Yo no soy simplemente lo que quiero y puedo hacer sino también lo que, de algún modo, los otros han querido que yo sea (Cf., Castillo S. Javier: La persona en Xavier Zubiri).

La tradición que el hombre actual recibe de sus progenitores lo coloca en una situación de enormes posibilidades que no tenía el hombre de la Edad Media, o el hombre del neolítico. El hombre de Cromagñon, como homo sapiens, dice X. Zubiri, tenía las mismas potencias y facultades de cualquier hombre actual, era completo como el hombre de hoy; pero no tenía, indudablemente, las mismas posibilidades que tiene el hombre de hoy. De ahí que se pueda decir con toda razón que “el hombre de hoy es en su realidad distinto del hombre de hace tres siglos”(X. Zubiri: Sobre el Hombre). Cada uno de nosotros nace en un momento determinado de la historia humana y, por eso mismo, tiene una forma de realidad muy distinta a la que tendría si hubiera nacido en otra época o lugar. Asimismo, las posibilidades con que se encuentra son distintas; es apropiándose de esas posibilidades como iré haciendo su Yo, configurando su personalidad. El hombre puede elaborar nuevas posibilidades, pero a partir de las posibilidades con que cuenta.

El hombre tiene que decidir, y se decide de un modo u otro, incluso el determinarse a no ‘hacer nada’ en la vida es ya una forma de decisión libre; esto configura al hombre como una realidad moral. La apropiación de posibilidades nos pone ante el problema de la libertad. Apropiarse de posibilidades es una forma concreta como el hombre sé auto-posee, sé autodefine. El hombre no sólo tiene unas propiedades con las que nace o adquiere naturalmente, sino que tiene unas propiedades por apropiación. Las posibilidades, una vez apropiadas, se ‘naturalizan’, nos dejan en una nueva situación para apoderarnos de otras posibilidades. El hombre con sus actos libres, apropiándose de posibilidades, va haciendo su personalidad. El hombre tiene una dimensión moral, una ‘personalidad moral’.

La apropiación de posibilidades, no es ajena a los condicionamientos socio-políticos. Uno no se apropia de posibilidades en abstracto sino contando con las limitaciones u obturaciones que otros imponen. Ciertas estructuras de poder constituyen una obturación de posibilidades no sólo para individuos concretos sino también para pueblos enteros. La globalización de la economía también ha traído consigo, en algunos casos, una ‘globalización de la dominación’, la misma que crea situaciones que no permiten a tantos individuos desarrollarse como personas.

El hombre puede ir haciendo su personalidad mientras cuenta con el tiempo; para tomar decisiones, tiene que contar necesariamente con el tiempo. El tiempo del hombre es un tiempo limitado, es el lugar de la decisionalidad, de ahí que el tiempo sea también una ‘realidad’ profundamente moral, pues contando con el tiempo nos jugamos la construcción de nuestra propia personalidad. Mientras el hombre cuente todavía con tiempo tiene la posibilidad de cambiar su vida, de ‘arrepentirse’. El hombre es un ‘ser en el tiempo’, no puede dejar de ser temporero; cuando eso sucede ha llegado el momento de la muerte y, con ello, el término de todas las posibilidades. Con la muerte la figura del Yo se hace definitiva, queda definitivamente configurada. Nuestro tiempo es muy limitado; “si nosotros supiéramos cuánto vamos a durar, nuestros proyectos serían distintos”(X. Zubiri: Sobre el Hombre). El hombre tiene, pues, que contar irremediablemente con la certeza de su finita temporalidad para una existencia auténtica y responsable. La irrevocabilidad del tiempo, la irreversibilidad del mismo, nos hace caer en la cuenta de la irrevocabilidad de la elección, de la dimensión moral de nuestras decisiones y nuestra religación con lo divino o trascendente.

Como personas abrimos a la dimensión de lo trascendente, podemos responder libremente a la llamada de Dios que sale al encuentro del hombre, podemos apropiarnos de las posibilidades que Dios nos ofrece para, con la ayuda de su gracia, configurarnos con él.